Orden de Franciscanos Menores - Fraternidad de Granada

"Y después de que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según a forma del Santo Evangelio".
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CartaP

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Un amor resucitado en misión compartida

1.- «Amar al mundo como Dios lo ama»

En nuestra iglesia de San Francisco, durante el recorrido de Cuaresma, se han presentado dos carteles grandes a ambos lados del altar. Uno con el texto: «Cuaresma, PARA AMAR MÁS» y diferentes enunciados acerca del amor. El otro póster, con el lema: «AMAR AL MUNDO COMO DIOS LO AMA», tenía pintadas dos manos que, en igual postura y acercándose entre sí −la mano de Dios y la mano del hombre−, señalaban un corazón −encarnado y concéntrico− sobre el globo terráqueo.

Después del recorrido cuaresmal, donde se nos invitaba a AMAR MÁS, desde las distintas perspectivas del AMOR (un amor escondido, luminoso, indignado, cuidadoso, entregado, padecido, compartido, sacrificado…), ahora, en la Pascua, se nos invita a vivir desde UN AMOR RESUCITADO y un amor vivo para siempre.

En esta Pascua 2021, la presencia del Resucitado quiere que seamos hombres y mujeres nuevos, después de la renovación espiritual que nos propone el profeta Jeremías, el pacto nuevo, la alianza −nueva y eterna− sellada, no en piedra, sino en los corazones de los hombres (cf. Jr 24,7; 32,39): Nueva alianza de amor instituida por Jesús en su misterio pascual −simbolizado en el grano de trigo que muere y da mucho fruto (cf. Jn 12,24-25).

En este año de pandemia y de alarma global, nos encontramos en una situación nueva. Tenemos muchas experiencias de dolor en la vida personal, familiar, social y comunitaria, que no podemos olvidar.

Desde esta situación y realidades concretas… escuchamos la palabra del Resucitado, que nos invita a descubrirlo y a compartirlo con otros. Cada cuerpo puede ser una llaga abierta donde el Resucitado entra, para que lo reconozcamos y le confesemos desde la actitud humilde y creyente: «Señor creo, pero aumenta mi fe» (Mc 9,24).

Pascua es una oportunidad para reconocer las «ondas» del Espíritu, mirar de forma nueva los signos y lugares donde se hace presente el Resucitado. Entre los signos de los tiempos, podemos reconocer: el papel relevante de las relaciones personales y los afectos; la búsqueda del sentido verdadero; la misión compartida del carisma recibido como vocación, a la que respondemos con generosidad y que compartimos con otros carismas de la Iglesia, unidos a la Cabeza de este Cuerpo y Espíritu resucitado que se prolonga en la Iglesia.

Ahora nos toca a nosotros el ir a enseñar todo lo que hemos visto, oído y contemplado, descubriendo los signos del Resucitado, que pueden resonar en nosotros de modo distinto, pero con la misma armonía; distinta música, pero con la misma letra.

No podemos olvidar el momento que nos toca vivir, en este mundo que Dios tanto ama (cf. Jn 3,16), aun cuando vivimos una profunda crisis de sentido, pero nosotros no perdemos la esperanza, porque nos apoyamos e inspiramos en la mística de la humanidad resucitada, que nos regala el Señor de la vida. Hemos de aceptar vivir este reto que nos propone Pedro Casaldáliga, profeta de ayer y de hoy al estilo de Jesús, cuando nos dice:

Es tarde, pero es nuestra hora.
Es tarde, pero es todo el tiempo que tenemos a mano

para hacer el futuro.
Es tarde, pero somos nosotros esta hora tardía.
Es tarde, pero es madrugada si insistimos un poco.

2.- ¡Recupérate! ¡Surge de nuevo! ¡Renuévate!

Después de los cansancios, miedos, temores… la Pascua te invita a recuperar los encuentros con el Resucitado, dador de vida desde el Espíritu. Toca seguir buscando allí donde surgen los brotes de vida nueva, donde germina la esperanza. Nos toca vivir con rostros renovados, llenos de vida, que contagian que algo nuevo está surgiendo desde dentro: ¿No lo notáis?

Recupera las relaciones personales y comunitarias, las celebraciones, la formación  permanente, la oración continua, el compromiso de la caridad, la búsqueda de nuevas respuestas, la misión de anunciar la Buena Noticia a otros. El encuentro con el Resucitado siempre nos invita a salir al encuentro de las situaciones personales, sociales y políticas, eclesiales… para ir a las fronteras y periferias. Volver a la experiencia resucitada y resucitadora, nos animará a reavivar nuestras fraternidades y nuestros grupos sociales, con quienes convivimos.

Surgir de nuevo es renovar nuestras fuerzas, saliendo de nuestros sepulcros y vestirnos con las vestiduras de la Pascua. Salir de este tiempo de pandemia, en este tiempo de Pascua, es una buena oportunidad para realizar nuevos aprendizajes, para fortalecernos en las dificultades; a fin de centrarnos en lo esencial y no casarnos con las modas, las costumbres, las tradiciones de cualquier tiempo pasado, que creemos que fue mejor. ¡Este es nuestro tiempo que hemos de abrazar para cuidar y custodiar!

Renuévate como Nicodemo aun siendo viejo (cf. Jn 3,1-8), o joven con tendencias veterotestamentarias. La resurrección de Jesús es una lanzadera a nacer de nuevo, a abrir puertas y ventanas para que entre aire fresco y nos dejemos refrescar con su soplo, el aire del Espíritu, y su fuego que transforma lo que toca. Cuando Jesús se va al cielo nos deja el gran regalo del Espíritu para que ya nunca estemos solos, sino fortalecidos por todo lo que él nos renueva, nos recrea, nos transforma. ¡Dejémosle hacer al Espíritu, naciendo del Agua Nueva y del Vino de la fiesta!

3.- «En la Misión Compartida: “Juntos Somos Más”»

Si en la Pascua hemos descubierto que la misión que tenemos encomendada viene de Dios, que es el que nos llama, de quien parte todo bien y toda relación con el mundo y los hombres… La MISIÓN COMPARTIDA no es nuestra, sino que es él quien la lleva adelante porque, en la experiencia de la resurrección, el Viviente nos precede en Galilea y aquí lo veremos: en nuestras «galileas de cada día».

Esta misión a la que nos envía el Resucitado atañe a todos los cristianos, cada uno desde la parcela de la Iglesia en la que labora, según el carisma recibido. En esta Pascua hemos tomado mayor conciencia desde la reflexión, la oración y el compartir comunitario, que «juntos somos más», sumando la riqueza que cada uno podemos aportar; desde la espiritualidad y el carisma recibido −nosotros en las fuentes de la espiritualidad franciscana− todos nos enriquecemos y enriquecemos a la familia y a la Iglesia.

Compartimos la misión desde el don que se nos ha dado, para ser enviados desde la llamada del Señor, que surge de la gracia: «llamó a los que él quiso…para ser enviados» (cf. Mc 3,14). Sin vocación, la misión compartida es mera colaboración por simpatía o amistad para realizar diversos trabajos, pero sin el rostro de una vocación carismática que hemos recibido gratuitamente. Nos dice san Francisco: «El Señor nos dio hermanos» (cf. Testamento). De esta vocación surge el compartir una espiritualidad, la cual se sustenta por la fe y la misión que cada familia religiosa tiene encomendada.

En esta tarea tenemos necesidad de una formación en la identidad-misión, que facilite la apropiación del carisma específico, para ser corresponsables de la espiritualidad y la misión. Todo este proyecto nos lleva a todos a no ser simples gestores de tareas; sino que, unidos laicos y religiosos, compartimos procesos de discernimiento, para hacer crecer los afectos y relaciones, donde vivir juntos la aventura humana, divina y franciscana.

En la Pascua de Resurrección de este año hemos visto de qué manera el Señor nos ha  hablado en el pasado, cómo nos habla en el presente y confiamos que nos seguirá hablando en el futuro, siempre saliendo al encuentro del hombre en la situación vital en la que vive. La MISIÓN COMPARTIDA nace como una novedad del Espíritu para adaptarse, permanentemente, en la sociedad en la que debemos «inculturarnos». Hemos de estar atentos al soplo del Espíritu, para acoger los criterios y las orientaciones de la Iglesia. La exhortación apostólica Evangelii gaudium, escrita por el papa Francisco, deberá ser la «fuente inspiracional de hoy», para vivir la misión en clave de «conversión pastoral»; entonces el corazón se nos llenará de rostros y de nombres (cf. EG 274).

4.- Este es el tiempo del Dios de la vida

Como dice un poema, que compongo a mi manera, de un autor anónimo:

Este el tiempo del Dios de la vida, de la vida dada y la vida realizada…

Este es el tiempo de presencias y encuentros, de paz, de comidas compartidas y de abrazos, de corazones encendidos y de envío a rincones lejanos…

Este es el tiempo de los sueños y utopías, de los cantos, aleluyas, de confesiones sinceras y comuniones para ser personas nuevas.

Este es el tiempo de la misión compartida, de realizar tareas en corresponsabilidad carismática que conviertan la muerte en vida.

Este es el tiempo de la liberación profunda, de dejar miedos y recorrer caminos nuevos para sentir y vivir la vida.

Este es el tiempo del Señor resucitado, es el tiempo de la Pascua, es tiempo de convivir en el hogar de la concordia, del amor generoso y solidario.

Este es el tiempo en que, jóvenes y mayores, vivamos una vida comprometida y solidaria; y que nuestros difuntos vivan la Pascua definitiva y eterna.

Este es el tiempo para que, en todo y para todos, seamos instrumentos de paz, de alegría franciscana y de amor.

¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN,
EN MISIÓN Y COMUNIÓN FRATERNA!!

Severino Calderón Martínez, ofm

Granada, 4 de abril de 2021

 

Carta 2020

 

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