Orden de Franciscanos Menores - Fraternidad de Granada

"La regla y vida de los Hermanos Menores es ésta, a saber, guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad. "
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EN TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE: UN CORAZÓN ABIERTO A LA ALEGRÍA Y AL GOZO DEL "DIOS CON NOSOTROS"

Queridos hermanos y amigos: PAZ Y BIEN.

1.- Dios es el ahora de nuestra salvación en medio de las dificultades del momento.

Comenzamos una Navidad desde un caminar a tientas, donde tenemos más preguntas que respuestas; y donde se nos pide orar y celebrar con pura gratuidad, como nos recuerda el papa Francisco: «Existe la gratuidad. Es la capacidad de hacer algunas cosas porque sí, porque son buenas en sí mismas…» (Fratelli Tutti 1 139. A partir de ahora, FT).

El amor incondicional de Jesús nos conduce a reflexionar sobre las actitudes y valores que nos interpelan, para que tendamos esa mano abierta a todo ser humano que −por diversas causas− se encuentra «tendido», caído, enfermo… y a enredarnos en comprender que solos apenas logramos nada. No podemos quedarnos en palabras ni de brazos cruzados, es necesario alargar los dos brazos y ayudar a quien lo necesita: «Necesitamos desarrollar esa consciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie» (FT 137). (descargar carta completa en PDF)

El amor incondicional de Jesús nos lleva, en este tiempo, a considerar estas dos cuestiones:

  • El primer punto es la toma de conciencia de nuestra fragilidad humana. Cuando uno se reconoce a sí mismo como vulnerable −y esto lo hemos vivido todos con más intensidad en esta pandemia− se percata de la necesidad que tenemos de los demás.
  • La segunda cuestión a tener en cuenta es que todas las personas buscamos estabilidad en nuestras vidas, cierta seguridad y vivir en paz. En estos tiempos difíciles hemos sido más conscientes de ello. Pero no podemos olvidar que la vida es un constante cambio. Estamos vivos: crecemos, maduramos, aprendemos y… cambiamos. Tenemos que renunciar a una parte de lo que somos, para llegar a ser lo que en verdad estamos llamados a ser. Hacer el bien siempre; todos tenemos muchas ocasiones, a lo largo del día, de hacer el bien sin necesidad de programar cómo hacerlo. Buscar siempre el «callado amor» 2

2.- Navidad, tiempo de alegría y gozo

Navidad es un tiempo que nos anima al cambio, porque Dios Todobondadoso se hace vulnerable, se vuelve pequeño, menor y se nos acerca en la vida. San León Magno nos lo recuerda: «No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor a la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida»3.

El tiempo de Navidad es un tiempo de alegría, de gozo… como nos recuerda el Evangelio de san Lucas: «Alégrate» (Lc 1,28); «no temáis» (Lc 2,10). La alegría de la Navidad brota del encuentro con el «Dios con nosotros»4 en Jesús. Muchos de los porqués del dolor, del
sufrimiento, de las fronteras y de los últimos… Dios nos los ha clarificado en esta situación, haciéndose uno de nosotros en la pobreza, con nuestra propia carne y hueso, en los márgenes de la historia que −a la postre− se convierte en Historia de Salvación. Dios se ha hecho menor, se ha hecho historia, se ha hecho «pesebre» para hacerse alimento para nuestra vida.

Alegría y gozo porque se hace uno de nosotros y se queda para siempre. Por medio de este Niño se hace humano y nos expresa su amor, su ternura y su bondad. Desde este Dios humanizado ya todo tiene sentido y en él encontramos: sosiego en nuestras soledades y fortaleza para nuestras flaquezas; él iluminará la noche y hará que, en nuestras ciudades y pueblos, abramos las ventanas para que nos entre el aire renovador del Espíritu. Merece la pena ser humanos porque tenemos a Dios con nosotros en ese amor desbordante de compasión, misericordia y solidaridad: «… todo ser humano es mi hermano o mi hermana, […] el mundo es de todos» (FT 125).

3.- «Normal» Navidad

En la Navidad celebramos que ningún dios está tan cerca como nuestro Dios, su Palabra viva y eficaz está donde nosotros estamos; ella peregrina por nuestros caminos, vive nuestra vida y resucita nuestra muerte. La Navidad es el comienzo de las promesas indestructibles.

En todas las navidades anteriores hacíamos siempre lo mismo; la misma gente, las mismas comidas y tradiciones, las mismas conversaciones y encuentros, los mismos regalos y visitas… algo normal que se ha convertido en algo inaudito; nos toca ahora reinventar tanta sequía de afectos congelados en esta pandemia demasiado larga, recuperar desolaciones por tantas pérdidas, encuentros y cercanías no realizados, oraciones y visitas no convenidas…

  • Ahora es el tiempo de recuperar ese lenguaje humano de la ternura y «fraternura»; en la calidez de la cercanía con las personas que queremos, mirándonos a los ojos, al corazón, con una mirada transparente y cálida. 
  • Ahora es el tiempo de vivir la liturgia de la Iglesia en la que Dios se nos acerca; eliminando las distancias, aproximándonos a nosotros con abrazos que nos acercan. Esta es la Buena Noticia que cada ser humano desea vivir, dejando atrás el frío de la noche, el miedo, la soledad, el toque de queda… para ser alcanzados por la gracia de Dios que nos recupera la salud y la libertad.
  • Ahora es el tiempo de reinventar la proximidad de los gestos, mirando por encima de la mascarilla, para ofrecer: acogida, ayuda y alegría por el encuentro con el otro; que no es rival, sino hermano: «El mundo existe para todos, porque todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma dignidad. […] como comunidad estamos conminados a garantizar que cada persona viva con dignidad y tenga oportunidades adecuadas a su desarrollo integral» (FT 118).
  • Ahora nos toca comunicar aliento y esperanza, para escuchar lo que el otro nos quiera contar. Compartir preocupaciones, agobios… y acompañar −en silencio denso y fraterno− la realidad que nos toca en cada momento.
  • Ahora nos toca vivir con creatividad el tiempo presente, inspirándonos en las decisiones sobre lo que actualmente podemos hacer para poner en práctica las obras de misericordia: cuidando, protegiendo, desarrollando… gestando un mundo abierto para los más necesitados, tras estos meses de tanto dolor e incertidumbre.

En esta Navidad de la «normalidad», la salvación sigue teniendo lugar en nuestra historia, donde se implanta la grandeza de Dios que nos humaniza en Jesús, al calor de María y José primero, y luego en sus discípulos y amigos de los márgenes: pastores, mujeres, pobres….

A pesar de las dificultades del año que acabamos, bendigamos al Señor y a los demás con
palabras, miradas, gestos y guiños. Ofrezcamos la humilde esperanza franciscana, «esperanza cierta»5 , de sabernos acompañados y cuidados por el Hijo de Dios.

Concluimos esta carta de Navidad con el poema de Miguel de Unamuno:

Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar.
La hiciste para los niños.
Yo he crecido, a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad,
vuélveme a la edad bendita
en que vivir es soñar.

Que el Señor te bendiga, te guarde, te conceda la paz y
vivas bendiciendo a los demás en todo tiempo,
con la certeza de un Dios que nos humaniza, nos abraza y nos quiere.

FELIZ NAVI-DAD
desde un corazón abierto al mundo entero y gestando nuevas posibilidades.

Severino Calderón Martínez, ofm

Granada, 15 de diciembre de 2020

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Notas:
1Encíclica del papa Francisco Fratelli Tutti [Hermanos todos] (2020); título basado en la forma de
expresarse san Francisco de Asís, proponiendo «una forma de vida con sabor a Evangelio» (cf. FT 1).
2Dicho de san Juan de la Cruz.
3Sermón en la Natividad del Señor 1,1-3.
4Cf. Mt 1,23.
5Cf. Oración de san Francisco ante el Cristo de San Damián.


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